Manuel Corona, el genial músico cubano de la vida alegre y la muerte triste

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Cuando se hace el recuento de los grandes de la canción en Cuba en todos los tiempos no puede dejar de mencionarse a Manuel Corona, trovador inspiradísimo y notable compositor de la primera mitad del siglo XX.

Nació Manuel Corona en la villa Blanca de Caibarién el 17 de junio de 1880. Al estallar la Guerra del 95 se trasladó con su madre hacia La Habana, mientras su padre partía a Cienfuegos para incorporarse al Ejército Libertador. En La Habana se ganó la vida como limpiabotas y luego consiguió trabajo como aprendiz en la fábrica de tabacos La Eminencia.

Sería su maestro tabaquero quien lo iniciaría también en el arte de la guitarra, instrumento para el cual Manuel Corona mostró un talento innato desde la primera vez. Tan prendado quedó el joven de la guitarra que su primer sueldo lo destinó completo para comprarse una.

Esta sería la mejor decisión de su vida, pues la trova le abrió el camino de la fama. Por más de 30 años disputó con Sindo Garay el cetro de la popularidad en Cuba y de su fina inspiración nacieron más de mil canciones, muchas de ellas perdidas al no haberse llevado nunca al pentagrama.

Entre sus temas más conocidos y que todavía forman parte del catálogo de numerosos artistas se cuentan canciones antológicas como Aurora, Longina, Mercedes, Santa Cecilia. Tu alma y la mía, Las flores del Edén, Adriana y Doble inconsciencia. Manuel Corona fue un músico polifacético que cultivó el bolero, la criolla, la guaracha, el punto cubano y la romanza.

Sin embargo, su desordenada vida le impidió lucrarse de su vasta y reconocida obra. Bohemio, noctámbulo y amante de la vida disipada, se abandono de todo; y cuando se le gastó la existencia en medio de los excesos, entonces lo abandonaron todos.

Su final fue muy triste. Sólo y enfermo vivió sus últimos años en la posada “El Cubano” de la Habana Vieja, pagando 50 centavos por noche. Sin embargo como ya no podía trabajar y ganar dinero se vio obligado a abandonarla y mudarse para una casucha miserable detrás del bar Jeruquito en la Playa de Marianao. Allí murió el 9 de enero de 1950.

Unos meses antes el sindicato de autores de autores, al conocer de su dramática situación, le había concedido una pensión vitalicia de 25.00 pesos mensuales.

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