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Casablanca… Esa cascada de tejados que cae al mar en La Habana

Casablanca es el nombre de una pintoresca villa situada en la margen oriental de la bahía de La Habana: “según se entra, a mano izquierda”, como dicen jocosamente los vecinos de la localidad.

Su historia se remonta a 1763, cuando los ocupantes ingleses se retiraron de La Habana. Por entonces, marinos, pescadores y carpinteros de ribera se avecindaron en el lugar; donde hubo, según algunas referencias, un taller para la Maestranza.

En 1785 un incendio redujo a cenizas el caserío, pero en 1792, un carpintero de apellido Triscornia levantó un muelle y habilitó un carenero para embarcaciones menores. De modo que Casablanca creció alrededor de sus espigones, de sus “arrimos entablonados” de madera dura colocados encima de firmes horcones que hace muchísimo años desaparecieron.

Después hubo allá una fábrica de pólvora que duró muy poco (no porque volará, sino por otras razones menos explosivas), otra de clavos un pequeño hospital. Se dice que en 1846 el pueblo contaba con 894 habitantes y 120 casas de mampostería, madera o embarrado y guano. En 1858 ya contaba Casablanca con su propia iglesia y un pequeño parque para el esparcimiento de sus vecinos.

Con la llegada de la República floreció Casablanca que vio incrementarse sus comercios y establecerse en sus cercanías numerosos talleres e industrias. Se construyeron más viviendas, escuelas… y en octubre de 1922 se inauguró oficialmente el circuito del tren eléctrico de Hershey, que unía el poblado con Matanzas.

Hoy, mientras se cruza en lancha la bahía de La Habana se puede distinguir en Casablanca el Observatorio del Instituto de Meteorología, la vetusta fortaleza de San Carlos de La Cabaña y el gran Cristo de La Habana, que corona la altura hasta donde parecen trepara las casas de la villa; casas que están “como prendidas a las rocas” y que le sugirieron a cierto periódico de la capital la más brillante de las definiciones:

“Casablanca, desde lo alto, es una cascada de tejados que cae al mar…”

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