Monumento a Joaquín Albarrán: Tributo de un pueblo a un hijo ilustre

Sagua la Grande rindió en vida un homenaje a unos de sus hijos más destacados

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El Monumento a Joaquín Albarrán se encuentra situado a un costado de la iglesia parroquial de Sagua la Grande, Villa Clara, en el parque que lleva su nombre. Constituye un tributo de la llamada “Florencia de Cuba” a uno de los médicos más grandes que ha nacido en la Isla. 

Se construyó en Roma, Italia, en el año 1910, en el taller del escultor cubano José Vilalta de Saavedra quien empleó en su confección mármol estatuario de la mejor calidad, procedente de las canteras de Ravaccione en Carrara. Vilalta demoró unos diez meses en esculpir la estatua del célebre médico por la que cobró 25 000 liras como honorarios. Dicha cantidad se cubrió por suscripción popular en Cuba y a su consecución aportaron, sobre todo, los intelectuales y los ayuntamientos de Sagua la Grande y La Habana.

La estatua arribó a Cuba en septiembre de 1910 a bordo del vapor alemán Mary Menzel quien la transportó desde Génova hasta La Habana. Al llegar al país fue almacenada en los almacenes de la Aduana hasta que se reunió el Congreso de la República en noviembre y aprobó su emplazamiento en la ciudad de Sagua la Grande.

El monumento fue inaugurado en 1911 en esa villa y en su pedestal se grabaron las siguientes palabras de Albarrán pronunciadas en 1890:

Si los azares de la vida me han hecho adoptar por patria a la grande nación francesa, nunca olvido que soy cubano y siempre tenderán mis esfuerzos a hacerme digno de la tierra en que nací.

Albarrán llegó a conocer del homenaje que el pueblo de su patria le rindió en vida y a través de una carta que entregó a su amigo Tomás Hernández le hizo saber a los cubanos con la humildad que siempre le caracterizó:

Si el nivel de mi fama como clínico, ha alcanzado nombradía, muy lejos estaba de mí tal propósito. Solamente me guió el afán de ser útil a la humanidad para aliviar los males del riñón.

Al final de la carta expresó que llevaba a Sagua la Grande prendida en su corazón. No tuvo, sin embargo, la oportunidad de volver a pisar su ciudad natal pues la tuberculosis le arrebató la vida en París a la edad de 52 años.